«A ver, ¿eres feminista y te gusta el rap? ¿Pero cómo es posible?» ¡Si supiera cuántas veces he oído esa frase!
Desde siempre, el rap y el hip hop han sido criticados por su sexismo. Con el racismo sistémico, el desprecio de clase y la ignorancia de esta cultura como telón de fondo, la sociedad dominante nos enseña que el rap es la peor música para las mujeres y las personas LGTB+. Sin embargo, me identifico como mujer, queer, feminista y blanca, y me gusta el rap. Todo un dilema.
Irónicamente, descubrí el feminismo a través del rap. Entre otras cosas. A finales de los años 90, en el instituto, bailaba hip hop de forma intensiva y escuchaba a muchas raperas estadounidenses: Queen Latifah, Missy Elliott, Salt N Pepa, MC Lyte, EVE, Lauryn Hill, Da Brat, Lady of Rage, Bahamadia, Rah Digga, Lil’ Kim, Foxy Brown…..
Me fascinaba su libertad, su impertinencia y su manera directa de hablar de ciertas temáticas, como la sexualidad y la independencia financiera de las mujeres, el aborto, las violencias físicas y sexuales y, por supuesto, ¡el clítoris, cuya existencia descubrí gracias a Lil’ Kim y su tema «Not Tonight»! Temas de los que nunca había oído hablar en otro sitio.
Después profundicé en el tema en la universidad. En el marco de mis estudios de inglés, me especialicé en feminismo afroamericano y en los movimientos de los derechos civiles en Estados Unidos. Descubrí el libro When Chickenheads Come Home to Roost de la escritora y periodista estadounidense Joan Morgan, en el que habla de «hip hop feminism«. Me sentí totalmente identificada con este término. Para mí, la conexión entre ambos era evidente.
Pero muy pronto me hicieron entender que el hip hop y el feminismo eran incompatibles y que tenía que elegir un bando. Si quería ser creíble como defensora de los derechos de las mujeres, tenía que atacar duramente al rap. Y si aun así lo escuchaba a escondidas, como mi sucio secretito de cómplice oculta del patriarcado, me rogaban que quemara todos mis vinilos, y que destruyera mis playlists para sustituirlos por música decente. Las Spice Girls, Taylor Swift o Patti Smith servirían.
Mientras que a los amantes del hip hop nunca les importó que fuera feminista, otros no dejaban de sermonearme sobre cómo una feminista que se respete no podría vivir con semejante contradicción. Empecé a cuestionarme el origen de este amor conflictivo, algo que la directora estadounidense Ava DuVernay resumió en un tuit:
«Ser una mujer que ama el hip hop a veces es como estar enamorada de tu abusador. Porque la música era y es eso. Y, sin embargo, la cultura es nuestra».
¿Me estaré engañando a mí misma? ¿Habré interiorizado el sexismo sin darme cuenta? Y, lo que es más importante,
¿por qué se considera que las chicas que crecieron escuchando a los Red Hot Chili Peppers, viendo pelis de Polanski y leyendo a Bukowski son automáticamente «mejores» feministas que yo?
A ver, seamos sinceros: no se puede negar que el rap es un mundillo machista, sexista y, para colmo, LGBTfóbico. No voy a dorar la píldora, las cosas como son. Un estudio de 2009 demuestra que entre el 22% y el 37% de las letras de rap son misóginas, y el 67% de las canciones cosifican sexualmente a las mujeres.
Innumerables letras de rap, sobre todo las de la era del gangsta rap, normalizan la cultura de la violación y, para colmo, glorifican la violencia de género. A finales de los 80 y 90, NWA echó más leña al fuego glorificando la imagen caricaturesca de «thugs» hipermasculinos con cochazos, tías en pelotas sumisas, pasta a espuertas y un ego que no cabía por la puerta.
La infame frase de Dr. Dre «If a bitch tries to diss me while I’m full of liquor, I smack the bitch up and shoot the n**** that’s with her,» es un claro ejemplo de ello. Eso sí, también hay que decir que los de Compton denunciaban la brutalidad policial, el racismo sistémico, la violencia y la pobreza.
La cuestión no se limita a la escena estadounidense. En todo en mundo, raperos han sido señalados por sus letras misóginas, que frecuentemente denigran a las mujeres, celebran la agresión sexual y refuerzan estereotipos perjudiciales.
Es fundamental entender que este abuso verbal no está aislado. Refleja directamente el trato que reciben las mujeres en nuestra sociedad en general. La escritora y activista bell hooks señala acertadamente que, si bien los hombres negros deben rendir cuentas por su sexismo, siempre debemos proporcionar contexto:
«Sin duda, los hombres negros, jóvenes y viejos, deben rendir cuentas políticas por su sexismo. Sin embargo, esta crítica siempre debe contextualizarse o corremos el riesgo de hacer que parezca que los comportamientos que este pensamiento apoya y condona –violación, violencia masculina contra las mujeres, etc.– son cosa de hombres negros. Y esto es lo que está sucediendo. Se obliga a los jóvenes negros a ‘pagar el pato’ por fomentar, a través de su música, el odio y la violencia contra las mujeres, que es un elemento central del patriarcado».
Es importante destacar que no todo el hip hop perpetúa esta narrativa. Muchos artistas masculinos, tanto en Estados Unidos como en Francia –junto con artistas canadienses como Shad– ofrecen perspectivas diferentes, rechazando los estereotipos tradicionales del poder masculino. Talib Kweli, Common, Médine y Youssoupha, por ejemplo, ofrecen representaciones más respetuosas y complejas de las mujeres en su música.
Muchas mujeres en el hip hop transmiten mensajes abiertamente feministas y empoderadores.
Desde pioneras como Queen Latifah, Missy Elliott o Lauryn Hill hasta artistas contemporáneas como Cardi B, Nicki Minaj, Megan Thee Stallion o Latto , por nombrar solo algunas. Estas mujeres utilizan sus plataformas para abordar cuestiones de igualdad de género, positividad corporal y derechos de la mujer.
MC Lyte incluso llegó a calificar a Fetty Wap de feminista por su tema «Trap Queen»: «Está siendo bastante valiente con lo que presenta en su música, porque realmente no es lo normal«.
Navegar por las complejidades del sexismo en la música rap requiere un enfoque matizado, ya que el mensaje no siempre es inequívoco. Tomemos el caso de 2Pac, por ejemplo. Si bien elogió a las mujeres en temas como «Wonda Why They Call U Bitch», «Keep Ya Head Up» y «Never Call U Bitch Again», su condena por agresión sexual proyecta una sombra y dificulta que las feministas reconcilien su música.
Drake se enfrenta a un escrutinio similar. A menudo se presenta como un defensor de las mujeres, pero rapea en «Paris Morton Music»: «Odio llamar ‘zorras’ a las mujeres, pero a las zorras les encanta», creando una desconexión chocante.
Sin embargo, es fundamental reconocer que el rap no es el único género musical sexista. Su uso de un lenguaje directo y explícito simplemente pone el problema en primer plano, haciéndolo más visible.
Otros géneros a menudo emplean formas de sexismo más sutiles, convencionales y, podría decirse, más insidiosas que en gran medida no se cuestionan.
Una mirada más profunda a la música popular revela que la misoginia no se limita al rap.
- Las «Murder Ballads» de Nick Cave y Johnny Cash se adentran en el sombrío territorio del feminicidio.
- Pink Floyd canta sobre el deseo de «beat to a pulp on a Saturday night«(«Don’t Leave Me Now»).
- Tom Jones confiesa: «I felt the knife in my hand and she laughed no more«(«Delilah»).
- Incluso The Misfits amenazan: «If you don’t shut your mouth you’re gonna feel the floor» («Attitude»).
- John Lennon, a pesar de su defensa de la paz y el amor, también contribuyó a esta narrativa problemática con letras como: «I’d rather see you dead, little girl than to be with another man» («Run For Your Life»).
- Los Rolling Stones complican aún más el panorama, cantando: «under my thumb she’s the sweetest pet in the world / It’s down to me the way she talks when she’s spoken to» («Under My Thumb»), pintando un cuadro de subyugación femenina.
Estos ejemplos demuestran que las representaciones problemáticas de las mujeres están muy extendidas en todos los géneros musicales, lo que exige una conversación más amplia sobre el sexismo en la música en su conjunto.
Esto no es solo un problema dentro del panorama musical estadounidense. En Francia, se pueden encontrar ejemplos igualmente preocupantes de misoginia y violencia contra las mujeres en la obra de artistas populares e influyentes como Michel Delpech, Georges Brassens, Julien Clerc y Michel Sardou.
Entonces, surge la pregunta: ¿por qué nos ofenden más las letras de rap que estos otros casos igualmente problemáticos? Una explicación probable reside en el hecho de que el hip hop ha sido históricamente marginado y examinado a través de una lente de racismo y clasismo.
Cuando hombres blancos «respetables» promueven lo que se percibe como una forma aceptable de masculinidad en su música, a menudo se les considera iconos culturales. Aplaudimos a estos artistas populares por expresar sus deseos sexuales, incluso cuando esos deseos objetivan a las mujeres y hacen caso omiso de la cuestión del consentimiento, precisamente porque se presenta dentro de la apariencia del romanticismo y las canciones de amor.
Como consecuencia, interiorizamos estos estereotipos dañinos. Estamos condicionados a ver a estos cantantes convencionales como caballeros, mientras que descartamos a los raperos como delincuentes de mente estrecha, misóginos, capitalistas o incultos.
Este prejuicio arraigado nos impide examinar críticamente el sexismo en todos los géneros musicales y perpetúa prejuicios dañinos contra la cultura hip hop.
Como feminista y activista, me atrae sin complejos la energía bruta, el lenguaje implacable y las narrativas poderosas de artistas como Nicki Minaj, Cardi B, Glorilla o Young MA. Su música resuena en mí de una manera que los sonidos higienizados de Ed Sheeran o Maroon 5 simplemente nunca podrían. Esto no es solo una preferencia; es una fuente de empoderamiento.
Para mí, el feminismo significa tomar decisiones conscientes: elegir mis batallas, elegir las voces que amplifico y asumir mis propias contradicciones.
Dentro del hip hop, encuentro un ecosistema vibrante de representación femenina diversa que está dolorosamente ausente en otros lugares. ¿En qué otro lugar puedo ver a mujeres de todos los orígenes –que representan un caleidoscopio de orígenes, edades, clases, religiones, orientaciones sexuales, identidades de género y tipos de cuerpo– hablando con franqueza y sin miedo sobre todo, desde su propio placer sexual y la positividad corporal hasta las duras realidades de la violencia doméstica, las desigualdades sistémicas, los problemas urgentes de la política y la brutalidad policial, y las fuerzas omnipresentes del racismo, el sexismo, la LBTfobia e incluso las intrincadas consideraciones éticas que rodean a las Tecnologías de Reproducción Asistida?
Ciertamente no en los mundos a menudo homogéneos del rock, el pop o la canción francesa. En Francia, especialmente, el rap se erige como un espacio singularmente vital, que ofrece una plataforma donde las mujeres pueden contar libremente sus historias, sin filtros. Por eso soy feminista. Por eso siempre me gustará el rap. No es solo música; es una revolución en sonido.
Una versión abreviada de este artículo se publicó en francés en Le Huffington Post: aquí.